Sobre las relaciones y el lenguaje

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La amistad y el amor, junto al resto de palabras de sus respectivas familias semánticas, son palabras que utilizamos con bastante frecuencia en nuestra vida social. Estrictamente hablando, son “herramientas” que nos ha dado la sociedad en la que vivimos para construir nuestros particulares círculos sociales. Sin embargo, ¿funcionan bien?

Para que haya comunicación, las palabras deben tener el mismo significado tanto para el emisor como para el receptor. En la ciencia se hace muy bien: cuando dos químicos dicen “hidrógeno”, saben a qué se refieren; cuando dos matemáticos dicen “polinomio”, saben a qué se refieren. Sin embargo, ¿hemos establecido un consenso para determinar qué es un amigo, un mejor amigo, un compañero o una pareja? Es evidente que no.

Ojo, que no se me malinterprete. No se trata de decirle a la gente cómo tiene o no que valorar a los demás, de “darle criterios” para discernir qué es un amigo y qué no, no. Lo que estoy diciendo es que para relaciones distintas hay que usar palabras distintas. Es bastante lógico.

La correcta abstracción de las relaciones humanas y su correcta expresión en un vocabulario apropiado, útil, que facilite el pensamiento y la comunicación con los demás, es un asunto pendiente de la humanidad. Pero ahora no quiero hablar de eso, sino de las implicaciones que tiene hacer un mal uso de esas palabras. Es decir, de no ser conscientes de que nuestras palabras actuales tienen más de ficción que de realidad.

Cuando una persona le dice a otra “te quiero”, ¿qué está comunicando? Puede significar “te aprecio”, “quiero que seas mi posesión”, “quiero hacerte sentir bien”, “quiero que me hagas sentir bien”, “quiero reciprocidad”, “valoro cómo eres”, “valoro lo que haces”, “quiero compartir mi vida contigo”, “quiero tener sexo contigo”, “quiero que tus deseos se cumplan”, “quiero vivir contigo”, “quiero la exclusividad de tu compañía”, “quiero ayudarte”… Por no mencionar la diferencia entre lo que uno verbaliza y lo que físicamente ocurre realmente, que por desgracia suele ser la posesión, el sexo y la exclusividad.

Y eso no es todo. Independientemente del significado que le dé el emisor, a menudo este difiere con el que ocurre en la práctica. Porque, por desgracia, junto a esas palabras van acompañadas una serie de expectativas. Y al final, si surge una relación, esta termina siendo una especie de contrato. Lo cual es bastante triste. Aunque la palabra “amigo” es mucho más elástica y flexible, tampoco escapa del complicado mapa semántico actual.

Desde mi punto de vista, el origen de esto tiene que ver con no entender las emociones, que siempre son efectos y no causas de nada. Nos han enseñado a hacer las cosas al revés, a proyectar nuestros sentimientos sobre los demás. Como es lo que todo el mundo hace, lo consideramos normal y no le prestamos importancia, pero nos causa mucho sufrimiento innecesario.

Supongamos que vivimos en una pequeña estación espacial que orbita alrededor de la Tierra. Desde ahí, podemos observar a todos los humanos del planeta, formando nuestras propias opiniones y sentimientos al respecto. Algunos nos gustan, otros no. Algunos nos preocupan, otros no. Algunos nos divierten, otros no. Sin embargo, nosotros no tenemos nada que ver en todo ese proceso. No interactuamos. Nuestra actitud frente a todas esas personas es pasiva, no activa. Y estoy bastante convencido de que vivir es precisamente lo contrario, interactuar. La realidad no solo está para contemplarla: hay que intervenir en ella. Si no, ¿para qué vivimos? ¿Para no hacer nada?

Ese extraño ejemplo que he puesto ya existe: lo tenemos en la literatura, el cine, la televisión, las series, la música, los videojuegos… Incluso me atrevería a decir que lo tenemos en la inmensa mayoría de las relaciones humanas hoy día. La tendencia es hacia la superficialidad. La gente teme darle contenido a una relación. Intimar da miedo. Ser honesto y sincero da miedo. Y los que ingenuamente vamos contracorriente nos encontramos con un sinfín de problemas, lo cual es normal. Para jugar al juego social hay que seguir las reglas sociales, unas reglas que pone la sociedad, no tú. Buscar relaciones humanas auténticas es un deporte de riesgo.

Si tuviera que darle significado a la palabra “amor”, o a la serie de sonidos y símbolos que sea, con el fin de representar lo más profundo de las relaciones humanas, ese sería el de mejorar la vida de la gente. Decir “te quiero” no significa nada, es solo ruido, si se queda en meras palabras. Si una persona está en problemas, ¿de qué sirve decirle “lo siento mucho”? ¿De qué sirve decirle “yo te apoyo” o “te comprendo”? Sentirse comprendido puede sentar bien en el momento, pero no soluciona nada. Y la gente con problemas o con objetivos lo que necesita es ayuda o colaboración, no comprensión verbal.

Atendiendo a esa definición y usando esa misma palabra, amar es curar enfermedades, hacer carreteras, distribuir alimentos, construir edificios, mejorar los sistemas de transporte, automatizar tareas tediosas, compartir el conocimiento… sin pedir nada a cambio. En definitiva, amar es darle herramientas a los demás. Y por eso, para amar hay que tener la capacidad de amar. Es decir, hay que adquirir las herramientas que te permitan hacerlo. Lo demás son palabras, ficciones y placer sin contenido.

No quiero entrar en una disputa etimológica sobre la palabra “amor”. Por mí, que se la queden todos esos que tanto la usan. Yo no la quiero. Ya aprendí en su día que love is a bullshit word. Las relaciones basadas en sentimientos no me interesan en absoluto, porque estos fluctúan. Me parece mucho más cuerdo basar las relaciones en algo real y constante en el tiempo, como metas y sueños compartidos (o complementarios). Cuando esa base cambia, es natural que las relaciones cambien o terminen. Y no pasa nada.

Con una perspectiva más cuerda de las relaciones, se puede sentir una mirada, un abrazo, un beso y cualquier acto sexual tanto como con las patológicas concepciones de nuestra sociedad. Es más, me atrevería a decir que se sienten con más intensidad, porque son profundas y estables. Sí, puede haber “momentos buenos” y “momentos malos”, incluso “épocas buenas” y “épocas malas”. Pero eso no tiene que ver con la relación, sino con las circunstancias. Y si la base no cambia según las circunstancias, ¿por qué debería hacerlo la relación?

Hay quien entiende todo esto, pero no quiere complicarse. Es más fácil una relación superficial que una relación con contenido, que requiere valentía, sinceridad, tenacidad, paciencia… y tomarse en serio aquello que es común o complementario. En mi caso, que tengo metas y sueños muy ambiciosos, estoy condenado a estar solo al menos por un largo tiempo. Ya lo tengo asumido. Prefiero pasar más tiempo solo que ceder a una dinámica social que ni comparto ni me hacer sentir yo mismo, como he estado haciendo hasta ahora. Porque jugar al juego exige seguir las reglas, sí, pero eso no significa que haya que jugar siempre.

¿Es posible forjar relaciones humanas cuerdas, profundas y estables en una sociedad superficial enjaulada en sus propias palabras? Por supuesto. Aunque no hay que perder de vista que dos personas superficiales están cómodas en una relación superficial. Eso no es ninguna sorpresa. Y tampoco lo es que una persona superficial esté cómoda en una relación superficial, mientras que la otra esté totalmente incómoda porque necesita contenido. Al final, como toda conducta humana, todo dependerá de las contingencias de refuerzo, de aquello a lo que uno se expone, del entorno. No me gustan los refranes, pero en “dime con quién vas y te diré quién eres” hay mucha miga. La soledad es una putada, pero es mejor que mantener relaciones que te deprimen.

Para comunicarnos utilizamos palabras, que son abstracciones de la realidad. Nuestro lenguaje fue ideado hace siglos y siglos, y aunque ha evolucionado en todo este tiempo, no es una herramienta muy fiable para pensarnos a nosotros mismos y a los demás. Pensar como si no existieran las palabras ayuda a superar los límites verbales impuestos por la sociedad. Por eso, a falta de una mejor verbalización de las relaciones humanas, que abstracte y clasifique correctamente nuestra vida social, lo mejor es ver las relaciones como, simplemente, relaciones. Cada una diferente y única, más o menos profunda, más o menos estable, pero una relación. Si entramos en la “amistad” o el “amor”, nos convertimos en víctimas de nuestras propias palabras. O como un sabio dijo una vez: en víctimas de la cultura.

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