Mi determinación

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Un velero no navega, sino que es empujado por el viento. Todo fenómeno físico tiene una causa externa, sea esta cercana en el tiempo o no. Las personas no somos una excepción. Nuestro comportamiento está determinado por nuestras experiencias, es decir, por nuestra historia.

Sin embargo, ¿qué hacer cuando has sido condicionado en una dirección diferente a la que quieres? ¿Qué hacer cuando tu cuerpo no te obedece? ¿Qué hacer cuando acción y pensamiento se contradicen de forma recurrente, produciendo un gran sufrimiento? Todos hemos experimentado ese sentimiento. Esa impotencia de ver cómo, verbalmente, manifestamos una cosa, pero en cambio, conductualmente, manifestamos otra distinta. No estoy hablando de expectativas o de meras intenciones idealistas, no. Hablo de lo que realmente nos importa, de lo que más queremos y deseamos desde lo más profundo de nosotros mismos.

Si abordamos el problema con la seriedad y la rigurosidad que merece, tal vez lleguemos a entender a qué se debe esa “falta de determinación”. Encontraremos qué experiencias fueron las que, a lo largo de nuestra vida, nos condicionaron para tener otras tendencias, otras predisposiciones, otras habilidades, en definitiva, otra dirección. Una vez comprendido, solo quedan dos opciones. La más sensata es ser nosotros mismos, que dicho con cierto toque de filosofía oriental, sería algo así como “no tener objetivos”, sino fluir y dejar que sea el desarrollo de los acontecimientos el que decida cómo avanza la historia, siendo el aceptarla nuestro único papel. La otra, menos recomendable, es atacar esa determinación no deseada e intentar conseguir “la correcta”, haciendo ingeniería social para cambiarnos; lo cual, como es fácil de comprobar, es extraordinariamente difícil, y más si el entorno no favorece esa transformación.

Mi opción es la segunda. Y dada mi ambición, lo tengo bastante crudo. Si observo hasta dónde he llegado, no debería haber motivos para el desánimo. La tendencia es positiva, y avanzo, que es mejor que mantenerse y no digamos ya que empeorar. Pero no es suficiente. Aún tengo que romper muchos límites y techos más si quiero llegar a donde quiero. Solía considerarme una persona débil, pero el tiempo me ha enseñado que soy fuerte. Aunque no basta. Tengo que serlo mucho más. Estoy muy determinado para conseguir mis objetivos, sí. Pero no sirve. Necesito otra determinación. Otra fuerza. Necesito, en definitiva, cambiar más de lo que ya he cambiado.

¿Por qué vuela un avión? ¿Será el motor? No. ¿Serán las alas? No. ¿Será la forma del avión? No. Son múltiples variables conectadas entre sí las que lo hacen volar. De la misma forma, abordar algo tan complejo como el cambio del comportamiento de un ser humano no precisa de una solución, sino de varias. Pero un planteamiento demasiado complejo hará del plan algo frágil y con alta probabilidad de fracaso. Por eso, aunque se necesitan múltiples enfoques, estos deben ser lo suficientemente simples como para que ellos solos se expandan, actuando como una semilla. ¿Y qué semillas necesito?

Sé que para que cualquier conducta se mantenga en el tiempo es necesario que haya un refuerzo continuo. De lo contrario, se extinguirá. Por eso a corto plazo puedo darle la vuelta a la situación, pero sin un “refuerzo diario”, la fragilidad de esa nueva conducta no hará más que aumentar, haciéndola terminar en el medio o largo plazo.

Sé que el problema no es verbal, sino físico. No tengo ideas equivocadas o estrategias malas. Por eso no tiene sentido solucionar el problema “pensando”. Necesito mejorar mi condición física y entrenarme para que las respuestas que quiero sean automáticas, sin necesidad de tener que pensar para que ocurran.

Sé que las propias actividades que hago deberían ser reforzantes, y lo son, pero al igual que pasa con el ejercicio físico, es necesaria una fase previa de calentamiento que no siempre se consigue hacer bien hasta el final. Porque crear, inventar, innovar, investigar, requiere de altas dosis de tolerancia a la frustración, o dicho de otro modo, de largos periodos de tiempo sin recompensa.

Sé que por concretas que sean las causas del desánimo o de una caída, la solución no pasa por prestarles excesiva atención, sino por atender a las cuestiones estructurales que tienen que ver con la ausencia de una “satisfacción diaria” que me haga más resiliente. No necesito felicidad, porque tengo de sobra, sino satisfacción.

Siendo metafórico, me considero montado en un velero muy bien construido. No es perfecto, pero es más que suficiente para cumplir su función y surcar los mares hasta su destino. Sin embargo, falta el viento. Resiste el oleaje y puede navegar a contracorriente, pero va demasiado lento. Porque no hay viento. Usar remos está muy bien, es mejor que nada, pero un velero es un velero. Y necesita el viento para avanzar más rápido.

Como ningún velero puede controlar el viento, solo queda esperar o cambiar de puerto, que es lo que hice cuando me mudé a Oviedo. Es un entorno mucho mejor, sí, pero ha resultado ser insuficiente. Especialmente la universidad, que por más que intentara ponerle buena cara durante este primer curso, me ha decepcionado bastante. El hecho es que estoy donde estoy, y no tengo otro puerto mejor al que cambiarme. Así que solo me queda esperar, montado en mi velero, remando cuando puedo, a que sople un viento favorable con el que pueda navegar.

Un momento… ¿He dicho esperar? ¡Yo no puedo esperar! ¿Esperar a qué? Quedarme quieto no es una opción, porque en la incertidumbre del futuro no sé si me espera viento a favor o viento en contra. Así que tengo que buscar otra forma de hacer las cosas. Lo que más me importa es mi proyecto, pero hasta que no se consolide, seguirá siendo un refuerzo variable y poco frecuente. Necesito algo más, algo que pueda hacer todos los días, o casi todos, que me haga sentir autorrealizado y satisfecho sin importar las circunstancias y que apunte en la misma dirección.

El velero reacciona al viento gracias a la vela, y si no puedo utilizar el viento, utilizaré otra cosa. Instalaré en el velero un motor que funcione con energía solar para reaccionar al sol, o lo que sea, para poder navegar cuando no haya viento, y que incluso se combine con él cuando sí lo haya. Si tuviera que elegir dos “semillas” principales con lo que sé, esas serían el entrenamiento físico y una actividad que me haga sentir autorrealizado. Entrenamiento para mejorar mi resistencia, mi fuerza, mi concentración y mi descanso. Y, especialmente, una actividad que contribuya a mi proyecto y siempre produzca resultados para conseguir la satisfacción que necesito.

Podría contentarme con mi ritmo actual. Sí, podría. Pero así no llegaré a donde quiero llegar. La verdadera determinación, al final, es la fusión total entre uno mismo y el objetivo. ¿Metas? Yo no tengo metas. Yo soy la meta.

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